viernes, 21 de mayo de 2010

Y tanto por aprender, de cáncer y más

Recientemente, ilustres miembros de GEICAM se preguntaban en Barcelona sobre las siguientes materias: ¿Es tiempo de arrumbar las antraciclinas en la enfermedad resecable? ¿Hay suficientes pruebas para recomendar adyuvancia con bifosfonatos? ¿Debe incluirse antiangiogénicos en la 1ª línea metastásica?



A ver si ASCO 2010 nos da alguna respuesta. Quizás no es casual que el evento tenga lugar en Chicago, cuya Universidad se funda en 1891 con pasta de John D. Rockefeller, un tipo forrado en la Standard Oil al que algún biógrafo define como “una mezcla poco plausible de pecado y santidad”.



Dicen que era baptista evangélico y acérrimo enemigo de la ostentación, así que nunca tuvo yate ni purasangres. Se retiró de los negocios a los 58 años y dedicó otros 40 a la filantropía que él llamó “científica”, esto es planificada y ejecutada por organizaciones con métodos de gestión y administración similares a los de las empresas convencionales. El genio de Rockefeller fue encontrar individuos íntegros, sujetos a rigurosa responsabilidad, pero con libertad absoluta de acción. Rockefeller no aceptaba sus ideas de inmediato; las pensaba meses o años, pero cuando había resultados claros, el dinero fluía a raudales, sin ninguna injerencia en los aspectos científicos ni en la selección del profesorado. Libro recomendado: Ron Chernow, Random House. Cuidadín, el personaje da para mucho debate; ¿creéis que era del todo trigo limpio?





En 1996, el sucesor John Jr. Rockefeller cede la Universidad en los siguientes términos: “Es mucho mejor que sea soportada por las contribuciones de muchos y no por las de una sola persona. Esta gran institución pertenece al pueblo y debe ser controlada, gobernada y financiada colectivamente”. Como no hay justicia en el mundo, yo no puedo permitirme semejantes actos.